Ética: la columna vertebral que trasciende el oficio

Por Claudia Guerra1

En 1992, cuando a los 18 años tomé el curso de periodismo en el periódico El Norte, de Monterrey, la matriz de la que nació Grupo Reforma, supe por primera vez lo que era un código de ética. Empezaba el segundo semestre de la carrera de Comunicación en la Universidad Autónoma de Nuevo León, así que todavía era muy temprano en mi formación académica para reconocer lo que ello implicaría en mi vida profesional y personal.

Desde el día 1, las instructoras del curso, grandes mentoras, nos empaparon del código de ética periodística: un periodista no acepta regalos de sus fuentes ni pide favores porque compromete su integridad e independencia; un periodista tiene un compromiso absoluto con la veracidad y la precisión y, si se equivoca, rectifica. Un periodista tiene un deber total con los hechos: cita fuentes, no inventa y contrasta la información.

No hubo un solo día de ese curso de seis semanas en el que los estudiantes no viviéramos la aplicación de esos principios en los ejercicios noticiosos diarios. Como reportera y editora del medio, en cada nota revisada, en cada entrevista, en cada rueda de prensa y en cada cobertura estaba el compromiso de seguirlos. Era una práctica generalizada en la redacción que nos enorgullecía a todos y nos daba un sentido de pertenencia a la organización.

Con el tiempo, y por iniciativa de la dirección del periódico, se creó el comité de ética. En este se dirimían las situaciones que implicaban un dilema. En él participábamos entre 6 y 7 personas de diferentes departamentos. La experiencia fue especial porque conocí, para empezar, los puntos de vista de compañeros de otras áreas que desconocía y me di cuenta de que la ética es asunto de todos.

¿Comentarios sexistas? ¿Actitudes discriminatorias? ¿Problemas de compañerismo? Todo se discutía en el comité y se emitían recomendaciones que se compartían con la dirección general para tomar decisiones. 

Hace unos años mi ética periodística enfrentó un dilema: me vi entre la lealtad afectiva y la integridad profesional. Mi esposa buscaba opciones laborales en Monterrey y, aunque me dolió mucho (ella lo comprendió perfectamente), decidí no compartir su CV entre mis contactos profesionales porque significaba comprometer la independencia que existe entre el periodista y sus fuentes. 

Aunque ya no formo parte del medio, esos principios que integré a los 18 años se transformaron en mi columna vertebral, en la estructura que me permite sostener la integridad y tomar decisiones difíciles con la misma firmeza con la que aprendí a verificar un dato. 

  1. La autora es periodista, consultora editorial y docente. ↩︎

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